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	<title>Domingo Díaz Amato. Neurofilosofía &#38; Neuroética &#187; LAS PALABRAS Y LAS COSAS</title>
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	<description>Blog de Domingo Díaz - Neurofilosofía y Neuroética</description>
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		<title>Neuronas espejo y empatía</title>
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		<pubDate>Wed, 18 Dec 2013 13:04:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Domingo Díaz Amato. Neurofilosofía &#38; Neuroética</dc:creator>
				<category><![CDATA[LAS PALABRAS Y LAS COSAS]]></category>
		<category><![CDATA[empatía]]></category>
		<category><![CDATA[Neurociencias]]></category>
		<category><![CDATA[Neuroética y Cognición]]></category>
		<category><![CDATA[neuronas espejo]]></category>
		<category><![CDATA[Neuroscience]]></category>

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		<description><![CDATA[por Domingo Díaz &#124;
Para el neurocientífico Marco Iacoboni la empatía tiene su origen en un tipo de mecanismo neuronal en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>por</em> <a href="http://www.prensaria.com/que-es-prensaria/" target="_blank">Domingo Díaz</a> |</p>
<p>Para el neurocientífico Marco Iacoboni la empatía tiene su origen en un tipo de mecanismo neuronal en el que intervienen las neuronas espejo[1], puesto que el cerebro entendería lo que ve, determina el  sentir o sentimiento del sujeto:</p>
<div id="attachment_18433" class="wp-caption aligncenter" style="width: 430px"><a href="http://www.prensaria.com/wp-content/uploads/2013/12/500px-gray728.gif"><img class="size-full wp-image-18433   " title="Principal fissures and lobes of the cerebrum viewed laterally" src="http://www.prensaria.com/wp-content/uploads/2013/12/500px-gray728.gif" alt="500px-gray728" width="420" height="285" /></a><p class="wp-caption-text">Principal fissures and lobes of the cerebrum viewed laterally (imagen:<a href="http://en.wikipedia.org/wiki/File:Gray728.svg#filelinks" target="_blank" rel="nofollow">Principal fissures and lobes of the cerebrum viewed laterally/Wikipedia</a>)</p></div>
<p><span id="more-18403"></span></p>
<blockquote><p>[…] el circuito de imitación central simularía (o imitaría internamente) las expresiones faciales emocionales de otras personas. Luego esta actividad modularía la actividad del sistema límbico (a través de la ínsula) donde la emoción relacionada con una expresión facial es percibida por el observador[2].</p></blockquote>
<p>¿De qué habla Iacoboni cuando habla de «empatía»? En este punto es evidente la influencia del laboratorio de Parma. Como él mismo comenta en <em>Las neuronas espejo</em>, fue el neurocientífico Vittorio Gallese quien propuso al equipo de investigación que las neuronas espejo cumplen una función determinante en la comprensión y en la empatía respecto a las emociones de otras personas. Además, Gallese transmitió al grupo su interés por la fenomenología de Maurice Merleau Ponty y trabajos de estética del psicólogo alemán Theodore Lipps, quien describiría la relación entre la obra de arte y el espectador como <em>Einfühlung</em> (empatía). Luego, Lipps hizo una ampliación de dicho concepto con el propósito de incluir a las interacciones interpersonales. Para ilustrar la forma de cómo percibimos los movimientos de los demás y los imitamos en nuestro cerebro, puso de ejemplo a un espectador que observa el trabajo de un volatinero en la cuerda. En el momento de la observación, todos los espectadores estaríamos dentro del acróbata[3].</p>
<p>El papel fundamental de la empatía en nuestra vida social es más que evidente, ya que nos permite compartir emociones, experiencias y necesidades comunes. Para Iacoboni, las neurociencias pueden confirmar la existencia de un vínculo fuerte entre las neuronas espejo y la empatía. Sin embargo, otras posturas más prudentes, advierten de que aún tenemos pocos datos que puedan confirmar que un sistema de neuronas espejo sea el substrato que permite atribuir intenciones a los demás. ¿Cuáles son estos indicios indirectos que ven los neurocientíficos para deducir la existencia de neuronas espejo en humanos? Los datos ofrecidos por las resonancias magnéticas muestran una mayor actividad en la zona cerebral que es homóloga al área del cerebro F5 de los monos. Sin embargo, estos estudios no pueden ofrecer una certidumbre en su totalidad.</p>
<p>Algunos neurocientíficos[4] consideran que nuestras respuestas empáticas para entender los estados mentales de los demás se explican mejor a partir de simulación, es decir, que podemos entender, por ejemplo, el sufrimiento de los demás porque nuestro cerebro simula una expresión facial de tristeza. Esta misma simulación puede trasladarse a otros estados, como el miedo, la ira, el desagrado, etcétera. La hipótesis de la simulación propuesta por Iacoboni puede parecer a primera vista satisfactoria, sin embargo, las evidencias que expliquen en su totalidad la correlación causa-efecto son aún insuficientes. Frente a esta hipótesis[5] se han presentado una serie estudios experimentales realizados con resonancias magnéticas (RMF). Aquí solo  mencionaremos dos ejemplos que pueden despertar nuestra atención acerca de lo que realmente sentimos en determinadas situaciones, de esta manera podremos confrontarlos con la hipótesis de la simulación.</p>
<p>Con el propósito de ahondar un poco más esta controversia, a continuación trabajaremos un par de ejemplos sencillos —el dolor ajeno y las expresiones son claves en la hipótesis de la simulación— que pueden ayudarnos a comprender esta controversia. Los argumentos trabajados originalmente por Patricia Churchland buscan desmontar parte del optimismo puesto en la «teoría de la simulación», además, se trata de ejemplos que podemos experimentar en forma personal y extraer nuestras propias conclusiones. En la primera argumentación, la autora analiza, desde su punto de vista —desde su fenomenología, dice textualmente— qué es lo que siente cuando ve que alguien llora después que una avispa le ha picado en el pié, siendo el contexto de la situación muy variado, ya que puede depender si el que llora es su bebé o un intruso que se ha colado en su jardín. Llevemos al extremo la situación y supongamos que quien ha recibido la picadura en un familiar muy cercano, por ejemplo, nuestro hijo. En tal caso, nosotros no sentimos literalmente el dolor del aguijón en nuestro pié. Lo que sí podemos sentir es un rechazo visceral al dolor y el impulso de asistir al infortunado con un antihistamínico[6]. El segundo argumento está relacionado con la observación, por ejemplo, de una persona enfadada que puede no generar ira en el observador, sino miedo, vergüenza o risa, todo esto dependiendo del contexto. Podemos reconocer el enfado, sin enfadarnos, y también el disgusto sin disgustarnos. Llevando el ejemplo al límite, también podemos sentir alivio o alegría si nuestro enemigo sufre algún dolor. Sin embargo, estos y otros escollos en forma de estudios experimentales no han podido mitigar el entusiasmo por las neuronas espejo.</p>
<p>Según Iacoboni, la imitación está estrechamente relacionada con la finalidad, el movimiento reflejo y un sistema de neuronas espejo. Todo este conjunto conforma el circuito central de imitación que se despliega en las acciones empáticas. Sin embargo, es necesario estar atentos a los datos disponibles, ya que estos no terminan de explicar cómo se produce la conducta imitativa. El tal sentido se han señalado dos objeciones que es oportuno tener en cuenta al momento de hacer una evaluación general de la hipótesis de la imitación basada en un sistema de neuronas espejo. La primera señala que el fenómeno espejo descrito en el experimento clásico con monos no es en realidad una imitación, puesto que el primate no imita lo que ve, ni sus músculos muestran algún movimiento relacionado. La segunda objeción, un metaanálisis[7] ha demostrado que no existen datos fidedignos de que el área 44 del cerebro humano participe durante los procesos de imitación. Estos estudios no demuestran que el sistema de neuronas espejo no participa en la imitación, tan solo nos muestra que:</p>
<blockquote><p>La presunta afirmación de que el área 44 forma parte del sistema humano de neuronas espejo y que por tanto forma parte del circuito básico de la imitación no es coherente con los datos de la IRMf que resalta las zonas que registran una mayor actividad durante la imitación[8].</p></blockquote>
<p>Los diferentes casos presentados por los neurocientíficos dan cuenta de que la hipótesis de la empatía asentada en simulación no está lo suficientemente probada. La idea de V. Gallese —asimismo, compartida por Iacoboni—, de que las neuronas espejo pueden funcionar como el asiento de nuestras experiencias de identificación y empatía, resulta muy interesante. Sin embargo, las críticas más agudas la han señalado como un intento más de hacer «encajar las neuronas espejo en los agujeros existentes en nuestras teorías»[9].</p>
<p>Como podemos comprobar, estos temas centrales en neuroética resultarían imposibles de tratar sin una ayuda tecnológica adecuada y los ensayos que las neurociencias están desarrollando en los laboratorios. Su importancia radica en una visión renovada, con datos actualizados y contrastados empíricamente, de aquellas preguntas que siempre han tenido en vilo a los filósofos. No obstante, desde la perspectiva filosófica, la prudencia, el análisis concienzudo y la crítica frente a las publicaciones sensacionalistas de alto impacto en el campo de las neurociencias serán siempre la mejor actitud hacia el camino del conocimiento seguro.</p>
<hr size="1" />Notas<br />
[1] En opinión de Iacoboni, las neuronas espejo componen una potente y compleja red torneada por el proceso evolutivo que nos permite reproducir en nuestro cerebro las acciones de otras personas.</p>
<p>[2] Patricia Smith Churchland and Carme Font Paz, El Cerebro Moral: Lo que la Neurociencia Nos Cuenta Sobre la Moralidad (Barcelona: Paidós, 2012), 166.</p>
<p>[3] Marco Iacoboni, Las Neuronas Espejo: Empatía, Neuropolítica, Autismo, Imitación o de Cómo Entendemos a los Otros, 1a ed., 2a. (Buenos Aires: (Arg): Katz, 2011).</p>
<p>[4] La explicación de la empatía propuesta por Iacoboni parte del circuito de imitación central que imita las expresiones faciales de otras personas. Esta actividad trabaja modulando la actividad del sistema límbico a través de la ínsula donde la emoción relacionada con una expresión facial determinada es percibida por un observador. Esta imitación precede al reconocimiento de los sentimientos, aportándonos una base para que podamos atribuir sentimientos a las demás personas. Véase Patricia Smith Churchland and Carme Font Paz, El Cerebro Moral: Lo que la Neurociencia Nos Cuenta Sobre la Moralidad (Barcelona: Paidós, 2012), 166.</p>
<p>[5] Si bien se han presentado varios estudios que ponen en entredicho la teoría de Iacoboni —de que la empatía depende de la simulación—, es quizás el de India Morrison y Paul Downing uno de los experimentos más cuidados con resonancia magnética funcional para probar la correlación de la actividad cerebral durante el dolor visto y sentido. Cuando los datos fueron analizado en su conjunto mostraron una activación conjunta de una pequeña región de la corteza cingulada anterior y la ínsula anterior. Tomados así, los datos parecían confirmar la presencia de una conducta espejo propuesta por Iacoboni. Sin embargo, la media del grupo enmascaraba los resultados individuales que, una vez analizados uno por uno, el resultado fue diferente: En seis de los once sujetos se detectó una pequeña área activa tanto en condiciones de observación como de sentimiento; en los cinco restantes, por el contrario, las zonas activadas por el dolor visto y sentido no se solapaban. Los resultados de estos experimentos incrementaban el nivel de incertidumbre acerca de los datos analizados con la resonancia magnética. Ibid., 168.</p>
<p>[6] La sensación de rechazo se denomina «emoción homeostática». En este ejemplo P. Churchland pone de manifiesto que aproximadamente el 1% de la población puede sentir literalmente el mismo dolor y en el mismo lugar son personas que sufren una sinestesia al tacto. «El hecho de que las personas que sufren esas sinestesias sean solo una fracción diminuta de la población indica que el resto suele responder con sensaciones generalizadas de rechazo cuando alguien se queja del dolor de un aguijonazo». Ibid., 169.</p>
<p>[7] Se ha sugerido que el sistema de neuronas espejo proporciona un importante sustrato neural para la capacidad del ser humano de imitar. Las neuronas espejo se han encontrado durante las grabaciones unicelulares en monos en zona F5 y PF. Se cree que el equivalente humano de este sistema de espejo en los seres humanos es la pars opercularis de la circunvolución frontal inferior (área 44) y la parte rostral del lóbulo parietal inferior. El metaanálisis, usando la estimación de la probabilidad de activación (ALE activation likelihood estimation), reveló que el lóbulo parietal superior, lóbulo parietal inferior y el córtex premotor dorsal, pero no el giro frontal inferior, están implicado en la imitación. Un metaanálisis adicional, usando una revisión basada en etiquetas, confirmó que en el lóbulo frontal, la corteza premotora en lugar del giro frontal inferior, está constantemente activo en estudios que investigaron la imitación. En la región parietal los lóbulos parietales superiores e inferiores se activan igualmente durante la imitación. Los resultados sugieren que las regiones frontales y parietales, que se extienden más allá de la red de neuronas espejo clásico son cruciales para la imitación. Véase Pascal Molenberghs, Ross Cunnington, and Jason B Mattingley, «Is the Mirror Neuron System Involved in Imitation? A Short Review and Meta-Analysis», Neuroscience &amp; Biobehavioral Reviews 33, no. 7 (2009): 975–980, http://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S014976340900044X (accessed December 16, 2012).</p>
<p>[8] Patricia Smith Churchland and Carme Font Paz, El Cerebro Moral: Lo que la Neurociencia Nos Cuenta Sobre la Moralidad (Barcelona: Paidós, 2012), 171.</p>
<p>[9] Susan S. Jones, «The Role of Mirror Neurons in Imitation: A commentary on V. Gallese», ed. Susan Hurley and Nick Chater, vol. 1 (Cambridge, MA, US: MIT Press, 2005), 205–210.</p>
<hr size="1" />Referencias Bibliográficas<br />
Churchland, Patricia Smith, and Carme Font Paz. El Cerebro Moral: Lo que la Neurociencia Nos Cuenta Sobre la Moralidad. Barcelona: Paidós, 2012.</p>
<p>Iacoboni, Marco. Las Neuronas Espejo: Empatía, Neuropolítica, Autismo, Imitación o de Cómo Entendemos a los Otros. 1a ed., 2a. Buenos Aires: (Arg): Katz, 2011.</p>
<p>Jones, Susan S. «The Role of Mirror Neurons in Imitation: A commentary on V. Gallese». edited by Susan Hurley and Nick Chater, 1:205–210. Cambridge, MA, US: MIT Press, 2005.</p>
<p>Molenberghs, Pascal, Ross Cunnington, and Jason B Mattingley. «Is the Mirror Neuron System Involved in Imitation? A Short Review and Meta-Analysis». Neuroscience &amp; Biobehavioral Reviews 33, no. 7 (2009): 975–980. http://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S014976340900044X (accessed December 16, 2012).</p>
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		<title>Las neuronas espejo</title>
		<link>http://www.prensaria.com/neuronas-espejo-iparte/</link>
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		<pubDate>Wed, 28 Aug 2013 09:36:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Domingo Díaz Amato. Neurofilosofía &#38; Neuroética</dc:creator>
				<category><![CDATA[LAS PALABRAS Y LAS COSAS]]></category>

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		<description><![CDATA[por Domingo Díaz &#124;
Los experimentos invasivos[1] realizados con electrodos implantados en los cerebros de los monos Rhesus revelaron un hallazgo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>por</em> <a href="http://www.prensaria.com/que-es-prensaria/" target="_blank">Domingo Díaz</a> |</p>
<p>Los experimentos invasivos<a href="#_edn1">[1]</a> realizados con electrodos implantados en los cerebros de los monos <em>Rhesus</em> revelaron un hallazgo fascinante: las neuronas espejo. Dicho descubrimiento, fortuito, según comenta Marco Iacoboni<a href="#_edn2">[2]</a>, alentó las expectativas de los científicos cognitivos con respecto al estudio de los mecanismos neuronales para comprender los estados mentales de los demás. Si bien las sospechas de la existencia de un mecanismo de funcionamiento similar no es algo novedoso, la historia de las neuronas espejo comenzó su camino en la Universidad de Parma, en el laboratorio de neurofisiología a cargo de Giacomo Rizzolatti.</p>
<div id="attachment_18177" class="wp-caption aligncenter" style="width: 430px"><a href="http://www.prensaria.com/wp-content/uploads/2013/08/Makak-neonatal-imitation.gif"><img class="size-full wp-image-18177" title="Makak neonatal imitation" src="http://www.prensaria.com/wp-content/uploads/2013/08/Makak-neonatal-imitation.gif" alt="Makak neonatal imitation" width="420" height="161" /></a><p class="wp-caption-text">Makak neonatal imitation (imagen:<a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Makak_neonatal_imitation.png" target="_blank" rel="nofollow">Evolution of Neonatal Imitation. Gross L, PLoS Biology Vol. 4/9/2006, e311 doi:10.1371/journal.pbio.0040311/Wikipedia</a>)</p></div>
<p><span id="more-18174"></span><br />
Las neuronas espejo se corresponden con una subcategoría que se encuentra en la corteza prefrontal del cerebro del mono, localizadas específicamente en el área denominada F5<a href="#_edn3">[3]</a>. Los electrodos implantados en esta área fueron los encargados de registrar todos los cambios eléctricos —denominados por los neurofisiólogos «potenciales de acción»— que se producían, segundo a segundo, en la superficie de cada neurona cuando los monos, por ejemplo, realizaban ciertas tareas a cambio de pequeñas recompensas alimentarias. Estos cambios registrados en los potenciales de acción indicaban que una determinada neurona estaba activada en un momento dado. Cuando una neurona «se dispara», es decir, que muestra un estímulo, lo hace para codificar un «evento sensorial» (ver un objeto o una acción), un «acto motor» (coger una fruta) o un «proceso cognitivo» (recordar una acción determinada):</p>
<blockquote><p>El simple hecho de que un subconjunto de las células del cerebro —las neuronas espejo— se activen cuando una persona patea una pelota, ve que alguien patea una pelota, oye que alguien patea una pelota, y aun cuando solo pronuncia u oye la palabra «patear», conlleva consecuencias asombrosas y nuevos modos de comprensión (Iacoboni 2011, 20).</p></blockquote>
<p>Los neurofisiólogos lograron identificar, entre los diferentes subconjunto celulares estudiados, que cualquier célula solo es capaz de codificar una de estas actividades, en cambio, las neuronas espejo pueden codificar dos. Asimismo, las señales eléctricas producidas por las neuronas sirven para la comunicación física inter-neuronal a través de una larga cadena de axones (Iacoboni 2011, 30).</p>
<p>Estos experimentos ofrecieron por primera vez pruebas fidedignas de una cierta actividad en la zona F5, tanto cuando el mono ve que otro individuo coge un objeto (al llevarse comida a la boca) como cuando él mismo realiza esa acción (cuando él mismo se lleva comida a la boca). Sin embargo, con el propósito de no alimentar una burbuja de falso optimismo y evaluar con un criterio de prudencia esta primera fase de las investigaciones, debemos señalar que solo un porcentaje pequeño de las neuronas testadas —un 17%— mostraron actividad (Churchland and Paz 2012, 153). Otras acciones ensayadas no activaron las neuronas espejo de los macacos porque estas no responden ante la pantomima de una acción. Según Iacoboni, este grupo de neuronas solo es capaz de codificar las acciones que el mono puede realizar, es decir, que se encuentran en su repertorio motor (Iacoboni 2011, 44).</p>
<p>Dado el puntapié inicial en las investigaciones, el laboratorio de Parma consiguió demostrar que las neuronas espejo pueden identificar y responder a acciones muy parecidas entre sí, por ejemplo, la acción de «sujetar para conseguir» y «sujetar para comer»:</p>
<blockquote><p>Un subconjunto de neuronas responde cuando el mono ve o hace un amago de movimiento en el que el objeto que se coge se coloca en un recipiente sobre el hombro, aunque una población distinta de neuronas responda cuando ve o hace un movimiento muy parecido que coge un objeto y se lo lleva a la boca. En sus informes, el laboratorio de Rizzolatti interpretó estos datos en el sentido de que estas neuronas representan una «finalidad» o «intención»<a href="#_edn4">[4]</a>.</p></blockquote>
<p>A la luz de las interpretaciones de los neurofisiólogos italianos, estos resultados suponían era un verdadero paso de gigante, pues los macacos del laboratorio eran capaces distinguir una intención. Si estaban en lo cierto y las neuronas espejo eran capaces de representar una finalidad o intención, dicho descubrimiento permitiría el salto a la comprensión de la neurobiología de la atribución mental.</p>
<p>Alentados por las expectativas de que las neuronas espejo pudiesen codificar las intensiones, el filósofo Alvin Goldman —defensor de una teoría de la simulación— y el neurocientífico Vittorio Gallese —un ferviente seguidor de la fenomenología de M. Merleau-Ponty— presentaron en 1998 una hipótesis de carácter general que postulaba por primera vez que las neuronas espejo «pueden ser el correlato neuronal de los procesos de simulación necesarios para entender otras mentes» (Iacoboni 2011, 26), es decir, que poseen la capacidad para atribuir pensamientos e intenciones a otras personas. En resumidas cuentas, lo que estaban diciendo Gallese y Goldman era que las neuronas espejo podrían explicar una «teoría de la mente».</p>
<p>Esta hipótesis sostiene que, para que seamos capaces de sentir lo que sienten otras personas, por ejemplo, amor, odio o deseo, debemos simularlo nosotros mismos. Sin embargo, el problema que se plantea es saber de qué manera nuestro cerebro es capaz de realizar una simulación para que produzca tales resultados (Churchland and Paz 2012, 155). La clave reside en que las neuronas de la corteza premotora simulan un movimiento cuando observamos que alguien lo realiza, es «como si quisieran hacerlo sin hacerlo en realidad». Supongamos que observamos que alguien coge una cuchara y la introduce en un plato de sopa, inmediatamente nuestras neuronas simulan ese movimiento del cual conocemos previamente su significado —que es comer—, deduciendo luego que la acción que está realizando la persona observada es comer.</p>
<p>Si bien la hipótesis de la simulación de Gallese y Goldman podía explicar el mecanismo de atribución u objetivos, no obstante, no lograba resolver el mecanismo de funcionamiento de las creencias o las emociones. Las objeciones por parte de los neurocientíficos no tardaron en llegar, volatilizando rápidamente las expectativas generadas, puesto que, los datos del laboratorio, no descartaban otras hipótesis más elementales como, por ejemplo, que la codificación de los movimientos por parte de las neuronas espejo sea tan sutil que permita distinguir entre «asir para conseguir» y «asir para comer». Los autores del estudio habían asegurado que el en proceso cerebral para atribuir una intención a otra persona intervienen tres pasos —a) el movimiento observado debe corresponderse con la activación del sistema motor del observador; <em>b</em>) la intención asociada a ese movimiento se representará automáticamente en el observador y se dará a conocer; y <em>c</em>) atribución de la misma intención a la persona observada— sin embargo, Leonardo Fogassi, otro de los investigadores del equipo de Parma, reconoció la dificultad que existe para determinar las intenciones de los demás a partir de la sola observación<a href="#_edn5">[5]</a>. A juicio de Churchland, el problema fundamental de esta hipótesis es que deja sin explicar cuáles son los mecanismos implicados en la atribución mental ajena y propia<a href="#_edn6">[6]</a>. La autora considera como una probabilidad que la capacidad de atribuir intenciones y objetivos —los estados mentales— pueda darse a partir de un aprendizaje en conjunto, social, y no como un desarrollo arraigado en la conciencia de uno mismo que luego se extiende a los demás.</p>
<p>Por medio de implantes de electrodos en el cerebro se ha podido determinar la existencia de neuronas espejo en macacos <em>Reshus</em>. Dicha técnica invasiva está prohibida, por cuestiones éticas y legales, llevarla a cabo en humanos y primates de gran tamaño. Los resultados de estos estudios permitieron a los neurocientíficos llegar a la hipótesis, guiados por la analogía de la fisiología neuronal de los macacos, de que un sistema de neuronas espejo está presente detrás de las capacidades humanas para atribuir objetivos e intenciones en los demás. Sin embargo, las investigaciones realizadas a través de técnicas de imagen, como la tomografía por emisión de positrones (TEP) o la resonancia magnética (RMF) no pueden demostrar la existencia de neuronas espejo en humanos, solo pueden proporcionarnos «indicios indirectos de su existencia»<a href="#_edn7">[7]</a>.</p>
<hr size="1" />Notas<br />
[1] Los implantes de electrodos en macacos se realizaron a través de la cirugía cerebral. Sin embargo, estas técnicas invasivas no están permitidas, por cuestiones éticas y legales, en humanos o grandes simios. Para los estudios en humanos se utilizan técnicas no invasivas como la captura de imágenes por resonancia magnética nuclear funcional (RMNf)  o la magnetoencefalografía (MEG), entre otras. Los experimentos comentados fueron publicados por primera vez en 1992. Véase el artículo de G. Pellegrino et al., «Understanding Motor Events: A Neurophysiological Study», <em>Experimental Brain Research</em> 91, no. 1 (1992): 176–180, http://dx.doi.org/10.1007/BF00230027 (accessed January 11, 2013).</p>
<p><a href="#_ednref2">[2]</a> Marco Iacoboni considera que el descubrimiento de las neuronas espejo puede ofrecer una explicación neurofisiológica cierta acerca de las formas complejas de cognición e interacción sociales. El investigador va un poco más lejos y concluye que el reconocimiento de las acciones de los demás nos permitiría conocer, asimismo, sus motivaciones e intenciones. Si bien esto puede constituir un avance muy importante para entender ciertas posiciones sostenidas desde la neuroética, es necesario, no obstante, tener en cuenta las observaciones realizadas a tales conclusiones que la consideran un tanto precipitadas.</p>
<p><a href="#_ednref3">[3]</a> La región F5 abarca la corteza premotora y la corteza parietal inferior. Las neuronas de esta región están especializadas en codificar un movimiento específico, por ejemplo, los movimientos de las manos.</p>
<p><a href="#_ednref4">[4]</a> El artículo original citado Patricia Churchland de las investigaciones del laboratorio de Parma fue publicado en <em>Science</em>. Véase: L. Fogassi et al., «Parietal Lobe: From Action Organization to Intention Understanding», <em>Science (New York, N.Y.)</em> 308, no. 5722 (2005): 662–667. Asimismo, este artículo complementa otra investigación anterior del mismo equipo. Véase: Vittorio Gallese et al., «Action recognition in the Premotor Cortex», <em>Brain</em> 119, no. 2 (1996): 593–609, <a href="http://brain.oxfordjournals.org/content/119/2/593">http://brain.oxfordjournals.org/content/119/2/593</a>. (accessed February 7, 2013). Churchland and Paz, <em>op. cit</em>., 153.</p>
<p><a href="#_ednref5">[5]</a> Patricia Churchland menciona tres problemas que se enfrentan a los tres pasos de la teoría de la simulación: <em>a</em>) ¿De qué modo el cerebro selecciona una cadena motora?; <em>b</em>) ¿cómo, mediante la observación y la simulación de tu movimiento, llega mi cerebro a representar lo que sería mi intención de hacer le movimiento que has hecho?; y <em>c</em>) ¿cómo decide el cerebro cuál es la intención relevante del individuo en un simulacro de movimiento? La autora hace referencia al estudio de Fogassi <em>et al.</em> Véase Churchland and Paz, <em>El Cerebro Moral: Lo que la Neurociencia Nos Cuenta Sobre la Moralidad</em>, 157.</p>
<p><a href="#_ednref6">[6]</a> Para Rizzolatti y su equipo el funcionamiento del  mecanismo de atribución parece ser bastante sencillo de explicar. Véase Fogassi <em>et al</em>., <em>op. cit.</em>, 666.</p>
<p><a href="#_ednref7">[7]</a> Fiel a su escepticismo moderado, P. Churchland insistirá en la ausencia de pruebas sólidas que certifique la presencia de mecanismos que hacen posible la atribución mental propia y ajena, y su relación con la hipótesis de la simulación.</p>
<hr size="1" />Referencias<br />
Churchland, Patricia Smith, and Carme Font Paz. 2012. <em>El Cerebro Moral: Lo Que La Neurociencia Nos Cuenta Sobre La Moralidad</em>. Barcelona: Paidós.</p>
<p>Fogassi, L., P. F. Ferrari, B. Gesierich, S. Rozzi, F. Chersi, and G. Rizzolatti. “Parietal Lobe: From Action Organization to Intention Understanding.” <em>Science (New York, N.Y.)</em> 308, no. 5722 (2005): 662–667.</p>
<p>Iacoboni, Marco. 2011. <em>Las Neuronas Espejo: Empatía, Neuropolítica, Autismo, Imitación o de Cómo Entendemos a Los Otros</em>. 1<sup>a</sup> ed., 2<sup>a</sup>. Buenos Aires: (Arg): Katz.</p>
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		<title>El caso de Phineas P. Gage y el estudio de las emociones</title>
		<link>http://www.prensaria.com/el-caso-de-phineas-p-gage-y-el-estudio-de-las-emociones/</link>
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		<pubDate>Sat, 20 Jul 2013 08:50:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Domingo Díaz Amato. Neurofilosofía &#38; Neuroética</dc:creator>
				<category><![CDATA[LAS PALABRAS Y LAS COSAS]]></category>

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		<description><![CDATA[por Domingo Díaz &#124;
«Cuando señalo, miren a dónde señalo, no a mi dedo» (Warren McCulloch)
La historia de Phineas Gage (Damasio [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>por</em> <a href="http://www.prensaria.com/que-es-prensaria/">Domingo Díaz</a> |</p>
<p>«Cuando señalo, miren a dónde señalo, no a mi dedo» (Warren McCulloch)</p>
<p>La historia de Phineas Gage (Damasio 1996, 21-39), como tantas otras, no es alegre ni tampoco tiene un tiene final feliz, sin embargo representa uno de los grandes íconos en donde se asienta la neurociencia contemporánea. Paradojas de la vida, la suya</p>
<div id="attachment_18117" class="wp-caption aligncenter" style="width: 430px"><a href="http://www.prensaria.com/wp-content/uploads/2013/07/550px-simulated_connectivity_damage_of_phineas_gage.gif" target="_blank"><img class="size-full wp-image-18117 " style="margin: 4px;" title="Simulated Connectivity Damage of Phineas Gage" src="http://www.prensaria.com/wp-content/uploads/2013/07/550px-simulated_connectivity_damage_of_phineas_gage.gif" alt="550px-simulated_connectivity_damage_of_phineas_gage" width="420" height="586" /></a><p class="wp-caption-text">Simulated Connectivity Damage of Phineas Gage (imagen:<a href="http://en.wikipedia.org/wiki/File:Simulated_Connectivity_Damage_of_Phineas_Gage.png" target="_blank" rel="nofollow">Van Horn JD, Irimia A, Torgerson CM, Chambers MC, Kikinis R, et al./Wikipedia</a>)</p></div>
<p><span id="more-18079"></span></p>
<blockquote><p>[…] daba a entender un hecho sorprendente: de algún modo había sistemas en el cerebro humano dedicados más al razonamiento que a cualquier otra cosa, y en particular a las dimensiones personales y sociales del razonamiento (Damasio 1996, 29).</p></blockquote>
<p>Phineas Gage trabajaba de capataz de la construcción para el Ferrocarril Rutland &amp; Burlington en Nueva Inglaterra. El 13 de septiembre de 1848, a la edad de veinticinco años, sufrió un terrible accidente laboral mientras preparaba una carga explosiva para abrir camino en la roca dura. El hecho aconteció, según relato de los testigos a los periodistas que siguieron el suceso, por unos segundos de distracción al momento de apisonar la pólvora con su barra de hierro de cinco kilos y medio y un metro con cinco centímetros de longitud. Unas chipas provocadas por el roce del barreno de hierro que manipulaba Gage con las piedras del agujero detonó la carga, explotando de lleno en la cara del desafortunado capataz:</p>
<blockquote><p>[…] El hierro ha penetrado por la mejilla izquierda de Gage, perfora la base del cráneo, atraviesa la parte frontal del mismo y sale a gran velocidad a través de la parte superior de la cabeza. La barra aterriza a más de treinta metros de distancia cubierta de sangre y sesos (Damasio 1996, 22).</p></blockquote>
<p>Phineas «sobrevivió» del accidente y su recuperación física fue asombrosa —según el relato de su médico personal, el doctor John Harlow—, aunque con el paso del tiempo comenzaron a manifestarse alteraciones importantes en su conducta. Se tornará un ser asocial y agresivo, un problema para la sociedad. Sin trabajo y abandonado por todos, muere a la edad de treinta y ocho años.</p>
<p>En <em>El error de Descartes</em>, Antonio Damasio expone este caso paradigmático en la historia de la neurología y las neurociencias. Para el investigador portugués, «Gage no es Gage» luego del terrible accidente. De momento, dejaremos aparcada para otra ocasión la discusión acerca de posibles inexactitudes teórico-filosóficas del autor<a href="#_ftn1">[1]</a> y nos centraremos en dos cuestiones fundamentales derivadas del análisis del caso Gage: <em>a</em>) su lesión mostraba por primera vez que había en el cerebro humano —como comentamos— un sistema dedicado al razonamiento por sobre otra función y que esta afectaba específicamente a las dimensiones personales y sociales del razonamiento, es decir, a la conducta moral y ética del individuo; y <em>b</em>) que una lesión cerebral semejante podía llegar borrar cualquier norma ética que el sujeto pudiese haber aprendido.</p>
<p>Siguiendo el relato el doctor Harlow —el médico personal de Phineas—, Gage se había transformado en otro ser, una persona inmoral, de conducta inapropiada que había perdido todo el respeto a los valores y a las convenciones sociales, más proclive a los cuentos y fantasía que a los buenos modales. Mientras los debates médicos en torno al caso Gage se centraban en el tema de la localización del lenguaje y el movimiento, solo Harlow fue capaz de ver «hacia donde señala el dedo». Hoy sabemos con certidumbre que estos síntomas están asociados a la desfrontralización, una involución de los lóbulos temporales, y al síndrome orbitofrontal manifestado en el cambio de personalidad.</p>
<p>El caso Gage mostraba por primera vez una conexión directa entre una lesión cerebral en los lóbulos frontales<a href="#_ftn2">[2]</a> y los trastornos de personalidad y comportamiento social. Para Damasio esta triste historia encierra un profundo significado y enseñanza para las neurociencias —y neuroética—, pues:</p>
<blockquote><p>[…] La práctica de las convenciones sociales y normas éticas adquiridas previamente (al accidente) podía perderse como resultado de una lesión  cerebral, aun cuando ni el intelecto básico ni el lenguaje parecían hallarse comprometidos (Damasio 1996, 29).</p></blockquote>
<p>Para comprender el alcance que ha tenido el caso de Phineas Gage en la historia de la neurología moderna, debemos remontarnos hasta el siglo XVIII. Que en la actualidad aceptemos como una verdad irrenunciable que la corteza cerebral<a href="#_ftn3">[3]</a> ejerce un papel fundamental en la actividad mental no es ninguna novedad, no obstante, hasta bien entrado el siglo XVIII, esta estructura cerebral será considerada carente de funcionalidad, teniendo un carácter meramente protector, de ahí el nombre córtex, del latín <em>corticea</em> —corteza—. Debemos a Franz Joseph Gall (1758-1828) la vinculación del córtex cerebral con la actividad mental, es decir, que las distintas facultades afectivas e intelectuales están localizadas en áreas determinadas de la corteza cerebral. Sus postulados supusieron una auténtica revolución, pues sentaron las bases del estudio fisiológico del sistema nervioso central y la segmentación de la corteza cerebral en diferentes áreas funcionales. Las críticas contra sus tesis en forma de censura, sobre todo desde los ámbitos políticos y religiosos, no se hicieron esperar. Por decreto fue prohibida cualquier conferencia o edición de sus manuscritos por ser considerados contrarios a la moral y a la religión.</p>
<p>El naturalista francés George Cuvier (1769-1832), por orden de Napoleón I, dirigirá una comisión de la Academia de Ciencias con el propósito de estudiar la tesis de Gall. En dicha investigación destacará la figura de Marie Jean-Pierre Flourens (1794-1867) quien, frente al trabajo de Gall sostendrá que el córtex es una región homogénea y equipotencial. Sus tesis serán aceptadas rápidamente por la comunidad científica y tenidas por dogma hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XIX. Si  bien las discrepancias existentes entre la tesis de Gall y la sostenida por Flourens sobre la organización del córtex cerebral son importantes, ambos coincidirán en que esta estructura ejerce una función destacada en la actividad cerebral, dejando a un lado aquellas que sostenían que el córtex solo desempeñaba una mera función protectora.</p>
<p>Como comentamos más arriba, el caso de Gage marcará un antes y un después en los estudios funcionales del córtex cerebral, pues en 1848, año del accidente de Gage, aún es considerado como una estructura homogénea e indiferenciada desde el punto de vista funcional. Será a partir del tercer tercio del siglo XIX en que se describirán las circunvoluciones cerebrales tal como conocemos actualmente, destacando especialmente las investigaciones de Paul Broca (1824-1880), Gustav Theodor Fritsch (1838-1927) y Eduard Hitzing (1838-1907).</p>
<p>En 1873, el médico inglés David Ferrier (1848-1928) influido por los trabajos de Fritsch y Hitzing inicia una exploración sistemática del córtex cerebral en vertebrados con el objetivo de ratificar la hipótesis de localización cortical realizada por John Hughlings Jackson quien, partiendo de observaciones clínicas de pacientes con epilepsia, postulará que las funciones sensoriomotoras están representadas en el córtex cerebral de un modo organizado y localizado. Ferrier, por su parte, elaborará un mapa cortical muy preciso de las representaciones motoras y sensoriales a partir de la extirpación de tejido cerebral y la estimulación eléctrica. En 1876, y tras haber extirpado a tres simios una gran parte del córtex prefrontal, llega a la conclusión en <em>The Functions of the Brain</em> de que ninguno de ellos presenta ninguna alteración en los procesos sensoriales, motores o perceptivos. Tales hallazgos, sumados a las observaciones realizadas en humanos con lesiones masivas localizadas en los lóbulos frontales, le permitirán establecer un paralelismo causal, incluyendo el caso tales estudios el caso de Phineas Gage. Sin embargo, dos años más tarde, el 15 de marzo de 1878 Ferrier presenta su conocida ponencia <em>The localisation of cerebral diseases</em> en la que expone nuevamente el caso Gage, no obstante, esta vez hará hincapié en las  importantes modificaciones y alteraciones en el comportamiento como consecuencia de las lesiones sufridas tras el accidente. Este cambio radical —en apenas dos años de investigación— se debió a que las fuentes de información que Ferrier manejaba eran las de Harlow (1848) y Bigelow (1850), en las que no se mencionaba ninguna alteración observada en la conducta de Gage —recordemos que vivió doce años luego del accidente— que, luego de veinte años —bien entradas la década de 1870—, serán rescatadas por el propio Ferrier en <em>The localisation of cerebral diseases </em>(García Molina 2012).</p>
<p>La historia Gage describe muy bien una parte de los comienzos de la neurología —por cierto, un camino no exento de grandes obstáculos—, y el esfuerzo de los primeros investigadores por desvelar los misterios que encierra la materia cerebral. Asimismo, su relevancia para la neurociencia está más que justificada. A pesar de la mutación en un ser obsceno e inmoral para la sociedad —«Gage ya no es Gage» dirá Damasio—, Gage siguió manteniendo por muchos años intacta su capacidad de razonamiento. Tal y como hemos visto, esta situación es posible porque, más allá de la pérdida de masa cerebral del lóbulo frontal, de ningún modo se vio afectada su capacidad de razonamiento. Una vez superado el desconcierto de los primeros años de  observaciones, el infortunio de Gage aportó a las investigaciones de los neurólogos las pruebas que señalaban la existencia en el cerebro humano de sistemas que posibilitan el correcto funcionamiento de las estructuras del razonamiento social y las facultades indispensables para la conducta moral. El propio Damasio considera que los pacientes que presentan un déficit en la estructura del lóbulo frontal —al igual que Gage—  con deterioro de lo que denomina «emociones sociales» —simpatía, culpa y vergüenza—, aún sabiendo lo que es correcto o incorrecto desde el punto de vista social, fallan en tomar las decisiones adecuadas por el daño de las emociones sociales (Ruiz Rey 2009). Hoy sabemos, gracias a la lectura de imágenes cerebrales y la neurotecnología, la localización en el cerebro de estas áreas específicas que muestran la vinculación entre la capacidad de razonar y la de sentir y detectar los fallos emocionales que pueden generar una conducta antisocial.</p>
<p>El autor afirma que los sentimientos de dolor o placer constituyen los cimientos de nuestra mente (Damasio 2005, 9), y que más allá de cualquier idea de intangibilidad de los mismos, estos pueden ser conocidos términos biológicos y neurobiológicos. La puerta de entrada a estos estudios fueron las lesiones cerebrales localizadas en determinadas áreas cerebrales de pacientes neurológicos que exteriorizaban una sintomatología especial, tal como no experimentar vergüenza o sentir compasión, cuando correspondía sentir vergüenza o compasión. Lo asombroso de estos estudios fue que una lesión en un área determinada del cerebro no hacía desaparecer todos los sentimientos, concluyéndose la existencia de varios sistemas cerebrales que son capaces de controlar sentimientos diferentes. Asimismo, cuando un paciente perdía la capacidad para expresar una determinada emoción, perdía también la capacidad de experimentar el sentimiento correspondiente. No obstante, no ocurría al contrario: quienes perdían la capacidad de expresar determinados sentimientos todavía podía expresar las emociones correspondientes. Estos estudios de Damasio hicieron pensar que las emociones preceden a los sentimientos (Damasio 2005, 12).</p>
<p>Victoria Camps, en el <em>Gobierno de las emociones</em>, reconoce este aporte significativo de la psicología cognitiva y las neurociencias en el tema de las emociones y los sentimientos, y la estrecha vinculación de estos en nuestras decisiones morales. Esta perspectiva —recogida en la Antigüedad por la magistral obra de Aristóteles— conectaba a la ética con la educación más que con una lista de deberes y preceptos, propios de la Modernidad. Esta época erigió al sujeto autónomo capaz de dictarse sus propias leyes, normas y deberes; un individuo alejado de cualquier estigma de sentimiento que pudiese contaminar la razón. Sin embargo, las tradiciones racionalistas puras serán incapaces de sostener una separación radical entre la razón y la emoción —temas tratados en la ética como sentimientos, afectos o pasiones—. Tan fuerte ha sido la reacción contra esta corriente que hemos pasado del «reduccionismo racionalista al reduccionismo emocional contemporáneo» (Camps 2011, 12). La autora, siguiendo la línea argumental Aristóteles-Spinoza-Hume, propone un equilibrio entre la razón y las emociones:</p>
<blockquote><p>Precisamente, lo que hay que evitar son los antagonismos, no apostar por las emociones sin más ni por la racionalidad pura, pues ni los sentimientos son irracionales ni la racionalidad se consolida sin el apoyo de los sentimientos (Camps 2011, 21).</p></blockquote>
<p>Conclusión<br />
Si bien en la historia de la ética, a través de sus corrientes y autores, podemos encontrar una abundante bibliografía que hablan de la importancia de las pasiones, los afectos y los sentimientos en  la conducta moral, los estudios acerca de las emociones fueron importados al acervo filosófico desde la psicología cognitiva y la neurología, quienes se han encargado de pulir los conceptos, identificando, a partir de los estudios neurológicos realizados con pacientes, una diferencia ordinal-secuencial entre las emociones y los sentimientos en la medida que se manifiestan: en esta secuencia primero aparecen las emociones las cuales producen o son síntomas de la existencia de determinados sentimientos. Desde la perspectiva filosófica, los estudios de las emociones interesan por la relación que puedan tener con la razón, considerándose actualmente una continuidad entre lo sensible y lo racional.</p>
<p>Determinar e identificar ciertas variantes conceptuales en neuroética sería imposible sin un desarrollo adecuado de las neurociencias. La dependencia tecnológica de nuestra disciplina es la evidencia de un acierto antes que defecto metodológico. Una vez más, como fuera en la Modernidad la química o la física, el instrumental tecnológico nos tiende una mano de ayuda para cruzar la frontera del conocimiento y corregir cualquier desviación en las conclusiones filosóficas, por cierto, cada vez más complejas. Las neurociencias no son un enemigo a batir o al que hay que temer, sino un fiel colaborador del laboratorio que trabaja con una fuente de información de primer orden. Quizás, sin esta ayuda esencial, el paradigmático caso Gage yacería olvidado en los anaqueles junto a otros historiales clínicos, y hoy no estaríamos hablando de la estrecha relación subyacente entre determinadas áreas cerebrales, las emociones, los sentimientos y la conducta humana.</p>
<p>Este ejemplo nos ha servido para exponer de qué manera el desarrollo de las neurociencias —a partir de la tecnología— está actualizando el estudio de las emociones y su relación con la conducta moral. No es de extrañar que la ética contemporánea, la neuroética y las ciencias sociales se hagan eco de estos resultados e integren es sus líneas de investigaciones estos nuevos estudios.</p>
<hr size="1" /><a href="#_ftnref1">[1]</a> Adela Cortina pone de manifiesto que la interpretación hecha por Damasio en <em>El error de Descartes</em> acerca de  la teoría cartesiana de la separación de la razón y el sentimiento no es tan evidente con el neurocientífico supone. No obstante, es justo reconocer el desarrollo de las neurociencias en cuestiones tan importantes como lo es la relación entre la razón y las emociones. (Cortina 2011, 32)</p>
<p><a href="#_ftnref2">[2]</a> Ubicado en la región delantera de los dos hemisferios cerebrales, el lóbulo frontal es considerado el centro emocional de nuestra personalidad. Si bien no mantiene funcione vitales, es importante en la dinámica de los procesos de la personalidad, inteligencia, movimientos voluntarios, planificación y otros procesos complejos que se desarrollan en el cerebro. El síndrome orbitofrontal se produce a raíz de una lesión a cualquier nivel del circuito orbitofrontal, y está asociado con desinhibición, conductas inapropiadas, irritabilidad, labilidad emocional, distractibilidad y dificultades para responder a señales sociales. Las principales características que presentan los pacientes son las siguientes: <em>a</em>) Conducta desinhibida, conductas inapropiadas en su naturaleza o en el contexto social en que se presentan. Fallas en el control de los impulsos —agresividad sin motivo, bulimia—, con incapacidad de inhibir respuestas incorrectas, son generalmente, reiterativos; <em>b</em>) Síndrome de dependencia ambiental, descrito inicialmente por Lhermitte, incluye la tendencia a imitar al examinador, tocando y utilizando todos los objetos que tienen a su alcance —conducta de imitación y utilización—; <em>c</em>) «Sentido del humor», conocido clásicamente como «moria». Se refiere a que el paciente parece divertirse con lo que a nadie le hace gracia. Sin embargo, también puede atribuirse a una incapacidad para «captar» el sentido de un chiste; y <em>d</em>) Desorden de la auto-regulación: inhabilidad de regular las conductas de acuerdo a los requerimientos y objetivos internos. Surge de la inhabilidad de mantener una representación del sí-mismo on-line y de utilizar esta información del sí mismo para inhibir respuestas inapropiadas. Este déficit es más aparente en situaciones poco estructuradas. (Lobulofrontadc 2013).</p>
<p><a href="#_ftnref3">[3]</a> Este manto de tejido nervioso recubre la superficie de los dos hemisferios cerebrales. Es una delgada capa de materia gris en donde ocurre la percepción, la imaginación, el pensamiento, el juicio y la decisión.</p>
<p>Referencias<br />
Camps, Victoria. 2011. <em>El Gobierno de Las Emociones</em>. Barcelona: Herder.</p>
<p>Cortina, Adela. 2011. <em>Neuroética y Neuropolítica: Sugerencias Para La Educación Moral</em>. Madrid: Tecnos.</p>
<p>Damasio, Antonio R. 1996. <em>El Error de Descartes: La Emoción, La Razón y El Cerebro Humano</em>. Barcelona: Crítica.</p>
<p>———. 2005. <em>En Busca de Spinoza: Neurobiología de La Emoción y Los Sentimientos</em>. Barcelona: Crítica.</p>
<p>García Molina, A. 2012. “Phineas Gage y El Enigma Del Córtex Prefrontal.” <em>Neurología &#8211; Editorial Elsevier</em> 27 (06): 370–375.  http://www.elsevier.es/es/revistas/neurologia-295/phineas-gage-enigma-cortex-prefrontal-90143669-apunte-historico-2012.</p>
<p>Lobulofrontadc. 2013. “Lóbulo Frontal.” (Accessed April 10, 2013). https://sites.google.com/site/lobulofrontaldc/.</p>
<p>Ruiz  Rey, Fernando. 2009. “Libre Albedrío y Neurociencias. Tercera Parte.  Neuroética: Neurociencia de La Ética, Acrecentamiento de Habilidades,  Acción Voluntaria y Responsabilidad.” <em>Psquiatría.com</em> 13 (3). http://www.psiquiatria.com/revistas/index.php/psiquiatriacom/article/view/437/.</p>
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		<title>¿La molécula de la moral? (IIª Parte)</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Apr 2013 07:11:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Domingo Díaz Amato. Neurofilosofía &#38; Neuroética</dc:creator>
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		<description><![CDATA[por Domingo Díaz &#124;
La importancia de este péptido radica en que es el centro de una complicada red de adaptaciones [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>por</em> <a href="http://www.prensaria.com/que-es-prensaria/" target="_blank">Domingo Díaz</a> |</p>
<p>La importancia de este péptido radica en que es el centro de una complicada red de adaptaciones que poseen los mamíferos para el cuidado de los demás (Churchland and Paz 2012, 25). La evolución en el cerebro de los mamíferos permitió que la oxitocina se adaptase para atender las tareas del cuidado de la descendencia, y más tarde, ampliar este cuidado a los grupos sociales. Visto de esta manera, el análisis propuesto por Patricia Churchland en El cerebro moral pone de manifiesto la función central de la oxitocina en nuestra moralidad.</p>
<div id="attachment_17843" class="wp-caption aligncenter" style="width: 430px"><a href="http://www.prensaria.com/wp-content/uploads/2013/03/img_tetrapeptido.gif" target="_blank"><img class="size-full wp-image-17843     " style="margin-top: 4px; margin-bottom: 4px;" title=" Tetrapeptide structural formulae" src="http://www.prensaria.com/wp-content/uploads/2013/03/img_tetrapeptido.gif" alt="img_tetrapeptido" width="420" height="284" /></a><p class="wp-caption-text">Fórmula estructural del tetrapéptido (imagen:<a href="http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Tetrapeptide_structural_formulae_v.1.png" target="_blank" rel="nofollow">Jü/Wikipedia</a>)</p></div>
<p><span id="more-17844"></span><br />
La capacidad que nos permite extender el cuidado personal más allá de nosotros mismos depende de mecanismos cerebrales y corporales que «maternalizan» el cerebro de la hembra, dependiendo en última instancia de un grupo de hormonas en el que se encuentran la oxitocina y la vasopresina arginina. «Es casi seguro que estos mecanismos no fueron, en un principio, seleccionados para servir a una serie amplia de finalidades sociales, sino que solo pretendían asegurar que la hembra contara con los recursos y la motivación necesarios para amamantar, defender y, en términos más generales, dedicarse al bienestar de sus indefensos pequeños hasta que pudieran valerse por sí mismos» (Churchland and Paz 2012, 43).</p>
<p>Los fetos de las mamíferas embarazadas liberan un grupo de hormonas a través del torrente sanguíneo que actúa principalmente sobre las neuronas de las estructuras subcorticales, «maternalizando» el cerebro de la madre. Se han observado en las hembras mamíferas, incluidas las humanas, patrones comunes de conductas, tales como: comer más, preparación del nido o el acondicionamiento de un lugar seguro para el parto. En cuanto al nivel de producción de oxitocina durante el embarazo, este se regula al alza, siendo también fundamental en la subida de la leche durante la lactancia.</p>
<p>Una cuestión fundamental para destacar es la modificación en los mecanismos cerebrales que nos lleva del cuidado de la propia descendencia al cuidado de individuos ajenos a ellas, es decir, al centro de la moralidad.</p>
<p>Referencias<br />
Churchland, Patricia Smith y Carme Font Paz (Trad.). 2012. <em>El cerebro moral. Lo que la neurociencia nos cuenta sobre la moralidad</em>. Barcelona: Paidós.</p>
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		<title>¿La molécula de la moral? (Iª Parte)</title>
		<link>http://www.prensaria.com/la-molecula-de-la-moral-i-parte/</link>
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		<pubDate>Sat, 23 Mar 2013 11:41:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Domingo Díaz Amato. Neurofilosofía &#38; Neuroética</dc:creator>
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		<description><![CDATA[por Domingo Díaz &#124;
La oxitocina (neuropéptido o cadena de aminoácidos) es una hormona relacionada con los patrones sexuales y con [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>por</em> <a href="http://www.prensaria.com/que-es-prensaria/" target="_blank">Domingo Díaz</a> |</p>
<p>La oxitocina (neuropéptido o cadena de aminoácidos) es una hormona relacionada con los patrones sexuales y con la conducta maternal y paternal que es liberada por la glándula pituitaria o hipófisis. Esta hormona se encuentra en todos los vertebrados, aunque la evolución de los mamíferos la adaptó al cuidado de la descendencia y la ampliación de los círculos sociales.</p>
<div id="attachment_17703" class="wp-caption aligncenter" style="width: 430px"><img class="size-full wp-image-17703           " style="margin-top: 4px; margin-bottom: 4px;" title="Modelo CPK de la molecula Oxitocina" src="http://www.prensaria.com/wp-content/uploads/2013/03/molecula.jpg" alt="CPK model of the Oxitocin molecule" width="420" height="284" /><p class="wp-caption-text">Modelo CPK de la molecula Oxitocina (imagen: <a href="http://commons.wikimedia.org/wiki/File:OxitocinaCPK3D.png" target="_blank" rel="nofollow">MindZiper/Wikipedia</a>)</p></div>
<p><span id="more-17704"></span><br />
En  <em>La Molécula de Moral. La fuente de amor y prosperidad </em>(Flanagan-Cato 2012), el neuroeconomista Paul J. Zak describe una intersección fascinante de la neurociencia, la antropología cultural, la economía, la filosofía y la política. Sus principales estudios relacionan la oxitocina con la confianza social, una investigación biológica de la conducta ética. La fuente de esta relación la encontramos en un experimento económico realizado en 2005 (Zak, Stanton, and Ahmadi 2007) en el cual se analizó el comportamiento de los participantes que, para asombro de Zak, los individuos que presentaban una mayor confianza en el comportamiento pro-social eran quienes tenían un mayor nivel de oxitocina en la sangre.</p>
<p>El investigador considera que este péptido, favorecido por la evolución, promueve el comportamiento maternal y social, incluso la monogamia en una variedad de especies. Muchos de los comportamientos sociales que no pueden ser explicados por la oxitocina están asociados a variaciones en la testosterona, por ejemplo, las diferencias en el comportamiento sexual, la infidelidad, la aplicación de reglas y la agresión. Asimismo, diversos problemas de comportamiento, adquiridos ya sea por maltrato en el crecimiento o problemas congénitos, tales como el autismo o la psicopatía, pueden estar relacionados con una disfunción de oxitocina. A pesar de que estos problemas específicos de salud mental son notablemente diferentes, los individuos afectados y la sociedad misma se beneficiarían considerablemente si las investigaciones sobre la oxitocina dan pistas para tratar y prevenir estos graves problemas de conducta.</p>
<p>Por otra parte, el doctor Zak propone que las actividades de la comunidad, tales como el baile, la vida en la naturaleza y la búsqueda espiritual promueven la liberación de oxitocina proporcionando una sensación de bienestar general. Además de las aplicaciones clínicas, las investigaciones acerca de la oxitocina pueden traducirse en enfoques de psicología positiva, ya que uno mismo puede proveerse los regímenes de higiene emocional con dosis adecuadas de convivencia —y de oración, según sea el caso—, ideadas para mejorar nuestra secreción de oxitocina.</p>
<p>Referencias<br />
Flanagan-Cato, Loretta M. 2012. «Are You Responsible for Your Hormones?» <em>Cerebrum-Dana Foundation</em>. http://www.dana.org/news/cerebrum/detail.aspx?id=39296.</p>
<p>Zak, Paul J, Angela A Stanton, and Sheila Ahmadi. 2007. «Oxytocin Increases Generosity in Humans.» <em>PLOS ONE</em> 2 (11): e1128. doi:10.1371/journal.pone.0001128. http://dx.plos.org/10.1371%2Fjournal.pone.0001128.</p>
<p><em><em> </em></em></p>
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		<title>De qué hablamos cuando hablamos de «neuroética»</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Mar 2013 10:18:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Domingo Díaz Amato. Neurofilosofía &#38; Neuroética</dc:creator>
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		<description><![CDATA[por Domingo Díaz &#124;
El nacimiento de la neuroética en 2002 se produce como una consecuencia directa del desarrollo progresivo de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>por</em> <a href="http://www.prensaria.com/que-es-prensaria/" target="_blank">Domingo Díaz</a> |</p>
<p>El nacimiento de la neuroética en 2002 se produce como una consecuencia directa del desarrollo progresivo de la neurociencias en los últimos veinte años. Al ver la luz los resultados de los laboratorios neurocientíficos —una imbricada red de complejos tecnológicos computacionales, equipos legales, neurobiología y psiquiatría, entre otras disciplinas— pronto fueron recogidos como materia de discusión por filósofos, bioeticistas y juristas, dando nacimiento a las dos vertientes que componen actualmente la neuroética: como ética de la neurociencia (bioética o ética aplica) y neurociencia de la ética. Por su parte, la filósofa sueca Kathinka Evers distinguirá entre «neuroética aplicada» y «neuroética fundamental» (Evers 2011, 13), siendo esta última la encargada de buscar los fundamentos que puedan sostener una ética o moral basada en el cerebro. Sin embargo, ambas vertientes están abocadas a cooperar mutuamente en la investigación y compartir los resultados.</p>
<div id="attachment_17634" class="wp-caption aligncenter" style="width: 430px"><img class="size-full wp-image-17634              " style="margin: 4px;" title="Fmrtuebersicht" src="http://www.prensaria.com/wp-content/uploads/2013/03/512px-Fmrtuebersicht.jpg" alt="512px-Fmrtuebersicht" width="420" height="284" /><p class="wp-caption-text">Imagen por IRMf (imagen: <a href="http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Fmrtuebersicht.jpg" target="_blank" rel="nofollow">Martin Witte/Wikipedia</a>)</p></div>
<p><span id="more-17632"></span><br />
El neurocientífico Michael S. Gazzaniga, uno de los pioneros en sostener la posibilidad de una ética fundamentada en el cerebro, presentó en 2006 <em>El cerebro ético</em> con el fin de mostrar que los códigos de conductas anclados en el cerebro humano son parte del fundamento que sostiene a la ética y, por extensión, a la vida política y social. Si bien muchas de las ideas trabajadas por Gazzaniga ya se encontraban en la en la sociobiología (Conde 1985), el neurocientífico da un paso más allá al postular la «universalidad de una ética basada en el cerebro», por cierto, una hipótesis muy criticada por Adela Cortina (Cortina 2011, 77) al considerar que, si bien existen aportes muy importantes de las neurociencias, aún es prematuro hablar de «universalidad» y que sólo puede haber un aporte a la educación moral. Quizás Cortina tenga razón en su análisis contra la «universalidad» de una ética fundamentada en el cerebro. Lo que no podemos evitar reconocer son las evidencias aportadas por las neurociencias en puntos clave que pueden ayudarnos a esclarecer ciertos territorios conceptuales de la conducta moral humana (Churchland and Paz 2012) y que, paulatinamente, están siendo revisados, eso sí, alejados de cualquier ética discursiva, normativa y religiosa.</p>
<p>Una cuestión central en neuroética, relacionada con lo que venimos comentando, es evaluar de qué modo las neurociencias trabajan y obtienen sus resultados, asimismo, la validez y certidumbre de dichos estudios. Las investigaciones con técnicas invasivas de implantes de electrodos en el cerebro han permitido llegar a resultados asombrosos. Como ejemplo del uso de esta tecnología podemos citar los famosos experimentos con monos <em>Reshus</em> llevado a cabo en Parma, Italia, en el laboratorio de G. Rizzolatti en la década de los noventa y que luego abriría el camino a la explicación de las neuronas espejo como la base de la empatía y una teoría de la mente. Sin embargo, por cuestiones legales estas técnicas invasivas están prohibidas en humanos y primates de mayor tamaño, por este motivo sólo ha sido posible estudiar la actividad cerebral en humanos a través de técnicas no invasivas como son los escáneres cerebrales IRMf (Imagen por resonancia Magnética funcional) y TAC (Tomografía Axial Computarizada). Tales estudios luego fueron comparados con las zonas cerebrales que presentaban mayor estímulo eléctrico en los monos, determinándose por analogía, que los cerebros humanos también poseen neuronas espejo. El equipo de Rizzolatti interpretó estos datos en el sentido de que las neuronas espejo representan una «finalidad» e «intención» (Churchland and Paz 2012, 153), es decir, permitía a la neurobiología comprender los estados de la atribución mental.</p>
<p>Como vemos, todas estas investigaciones serían imposibles sin un desarrollo tecnológico adecuado que ofrezca un soporte sólido a las investigaciones. Muchas de las futuras hipótesis y conclusiones de la neuroética dependerán, al igual que las neurociencias, de este aporte tecnológico, asimismo, de una estrecha colaboración interdisciplinar. La neuroética aplicada, cercana a la bioética, describe el marco ético-legal en que estas investigaciones se llevan a cabo y hacia dónde se desvía el uso de la información captada por las neurociencias —así mismo, técnicas de imagen o el uso de <em>smart drugs</em> para el perfeccionamiento cognitivo—. La neuroética fundamental, por su parte, investiga de qué manera el conocimiento del cerebro y su evolución pueden mejorar nuestra comprensión de la identidad personal, de la conciencia y de la intencionalidad, incluyendo la comprensión del desarrollo del pensamiento moral y del juicio moral (Evers 2011, 28).</p>
<p>Referencias<br />
Churchland, Patricia Smith, and Carme Font Paz. 2012. <em>El Cerebro Moral: Lo Que La Neurociencia Nos Cuenta Sobre La Moralidad</em>. Barcelona: Paidós.</p>
<p>Cela Conde, Camilo José. 1985. <em>De Genes, Dioses y Tiranos: La Determinación Biológica De La Moral</em>. Vol. 422. Madrid: Alianza.</p>
<p>Cortina, Adela. 2011. <em>Neuroética y Neuropolítica: Sugerencias Para La Educación Moral</em>. Madrid: Tecnos.</p>
<p>Evers, Kathinka. 2011. <em>Neuroética: Cuando La Materia Se Despierta</em>. Vol. 3071. Buenos Aires; Madrid: Katz.</p>
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		<title>Biomarcadores y el futuro del tratamiento de la depresión</title>
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		<pubDate>Sat, 09 Jun 2012 08:37:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Domingo Díaz Amato. Neurofilosofía &#38; Neuroética</dc:creator>
				<category><![CDATA[LAS PALABRAS Y LAS COSAS]]></category>
		<category><![CDATA[Investigadores]]></category>
		<category><![CDATA[NEUROÉTICA-NEUROCIENCIA]]></category>

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		<description><![CDATA[por Domingo Díaz &#124;
Deseo compartir un artículo1 publicado por los investigadores Marisa Toups y Madhukar H. Trivedi en Cerebrum acerca [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>por</em> <a href="http://www.prensaria.com/que-es-prensaria/" target="_blank">Domingo Díaz</a> |</p>
<p>Deseo compartir un artículo<sup>1</sup> publicado por los investigadores Marisa Toups y Madhukar H. Trivedi en <a href="http://www.dana.org" target="_blank"><em>Cerebrum</em></a> acerca de los avances en el tratamiento de la depresión. Me interesa difundir esta investigación porque trata directamente un tema que ha estado presente en en gran parte de la historia del pensamiento: el sufrimiento humano. En este caso, a partir de la determinación del tratamiento adecuado a cada patología y paciente.</p>
<p><span id="more-16298"></span>En la actualidad, los médicos tienen una variedad de opciones de drogas para el tratamiento de las patologías derivadas de la depresión. Lamentablemente, aún no es posible determinar qué antidepresivo funciona mejor con un paciente determinado, lo que deriva en un sufrimiento prolongado mientras se encuentra el tratamiento adecuado al enfermo.</p>
<p>Muchos investigadores están centrando sus esfuerzos en el desarrollo de biomarcadores para tratar la depresión. Sin caer en un falso optimismo, en el futuro los médicos podrán, a través de las neuroimágenes, determinar el tipo de tratamiento que mejor se ajusta a cada paciente, reduciendo considerablemente el tiempo de los efectos que produce la depresión.</p>
<p>Referencias<br />
1. Biomarkers and the future of treatment for depression &#8211; dana foundation http://www.dana.org/news/cerebrum/detail.aspx?id=38554 (accessed 11/29/2012, 2012).</p>
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